Sin embargo, nada más ganar el collado, las vistas hacia el Norte nos confirman que de nuevo tenemos movida. Para bajar al Hou los Boches hay una ladera muy empinada con bastante roca suelta. De hecho, es tal la pendiente que han colocado unos cables para ayudar y poder asegurarse en los tramos más expuestos. Más que por las dificultades técnicas hay que llevar cuidado con las piedras sueltas que, en caso de aglomeración, pueden caer como churros. Por fortuna es muy temprano y sólo nos cruzaremos con una familia.


Bueno, pues seguimos con el relato de esta travesía que nos marcamos el verano pasado. Os recuerdo que después de un día maratoniano y complejo habíamos dormido en nuestra tienda junto a la Cabaña Verónica donde el amable guarda del refugio nos puso los clavos de Cristo por un café mal hecho y un caldo acuoso… si bien es cierto que nos sentó todo de maravilla.

Este es mi careto al despertar. Si observáis la cara de Salva no tiene ojeras: está claro que es él quien ronca y el resto los que sufrimos sus mugidos.

Antes de salir hacemos los últimos ajustes a las mochilas. A la izquierda de Salva se aprecia la senda que gana los Horcados Rojos para dirigirnos hacia Vega Urriuellu. En teoría, el recorrido de hoy es más sencillo que el de ayer, sobre todo teniendo en cuenta que hasta aquí accede mucha gente desde «el Cable» y tampoco es plan de que se me despeñen familias enteras.

Sin embargo, nada más ganar el collado, las vistas hacia el Norte nos confirman que de nuevo tenemos movida. Para bajar al Hou los Boches hay una ladera muy empinada con bastante roca suelta. De hecho, es tal la pendiente que han colocado unos cables para ayudar y poder asegurarse en los tramos más expuestos. Más que por las dificultades técnicas hay que llevar cuidado con las piedras sueltas que, en caso de aglomeración, pueden caer como churros. Por fortuna es muy temprano y sólo nos cruzaremos con una familia. 

Este es el comienzo de los cables. Abajo se aprecian las curiosas formaciones del Hou y el omnipresente Naranjo que nos va a acompañar durante todo el día.

En algunos tramos el recorrido es bastante vertical pero hay muchos agarres y buenos apoyos. Nada de complicación si se hace con tranquilidad.

Salva destrepando de cara a la pendiente. El cable en ocasiones es más molesto que otra cosa ya que te obliga a ir anticipando las tensiones que provoca e incluso te fuerza a pasar por sitios muy trillados. Además, si eres patoso como yo, está también el riesgo de enredarte con los pies…

Esta es la familia que nos cruzamos. Unos padres con sus críos y su «fundamentalismo». Me explico: el segundo de los críos iba inseguro, cansado, pasado de pulsaciones y cargado como una burra. Y los padres en lugar de esperar lo llevaban arrastrando por un terreno, como poco, comprometido. Cualquier descuido, cualquier tropiezo y luego el drama. El crío yo creo que no ha vuelto a querer pisar monte nunca más.

Pero nosotros no podemos atender a esos dramas y nos centramos en el nuestro que ahora va de felicidad inmensa al estar bajo el Picu, disfrutando de su volumen y sus dimensiones inabarcables para nuestras pantallas y para nuestras cámaras sin ojos de pez. En la foto Bernardo pregunta: «¿pero se ve hasta arriba?»

En este reino de piedras, briznas de hierba y soledades, disfrutamos con la sorprendente visita de la vida (foto de Salva).

Y lo de soledades es relativo, porque es acercarnos al refugio Juan Delgado Úbeda y encontrar la masificación de un lugar muy accesible para el gran público. Aquí es fácil llegar por Pandébano en un día y son muchos los que quieren disfrutar de la visión del Picu. Nosotros meditamos si comer en el refugio o tirar de víveres pero al final optamos por ir quitándonos peso.

Bernardo sesteando…

… y Bernardo dando por saco.

Bueno, antes de continuar tengo que explicar para dónde vamos. No tenemos muy claro qué hacer: 1) si subirnos para el Hou de los Cabrones y hacer noche en el refugio J.R. Lueje o 2) descender hacia la villa de Bulnes por el Cambureru.

El tiempo se está poniendo malo; si subimos hacia los Cabrones al día siguiente tenemos que descender al Cares por la Cuesta del Trabe y la Canal de Piedra Bellida. Tras comentarlo con el guarda del refugio nos aconseja descender por Bulnes pues el descenso por esta última canal — la de Piedra Bellida — puede estar bastante perdido. Como tampoco nos apetece comernos más marrones nos vamos por la Canal del Cambureru y la Canal de Balcosín hacia la villa de Bulnes. Esta noche pillamos cama y plato. 


 
La Canal del Cambureru empieza divertida con varios destrepes.

Y entre resaltes, agarres, grietas, quita mochila y póntela otra vez y cosas por el estilo, pues vuelvo la vista atrás para mirar hacia el Picu preguntándome cómo se tiene que sentir uno cuando ve las cosas desde ahí arriba.

Cerrándonos la visión del Cantábrico se extiende sobre nosotros, en primer lugar, Peña Maín. Custodiada por estas montañas, en el fondo del valle, nos espera la villa de Bulnes.

Y deberemos ser pacientes porque nos espera un descenso de más de 1300 metros por canchales, laderas herbosas y estrechas canales.

Pero es sencillo tener paciencia y sonreír cuando nos rodea la exuberancia de este paisaje. En el fondo empiezan ya a adivinarse las hayas de la Varera donde pasan el invierno las vacas de estas tierras.

Después de la Majá del Cambureru hay un descenso vertiginoso y cerradísimo hacia el paraje de la Garganta. A partir de aquí perdemos de vista el Picu y nos introducimos en una canal estrecha y atosigante.

Los últimos pasos antes de salir a Bulnes incluyen destrepes fáciles por cascadas musgosas.

Finalmente llegamos a la villa y nos alojamos en un albergue cutrísimo de infausto recuerdo. Para poder soportarlo tuvimos que recurrir al alcohol en forma de sidra. Esta instantánea está tomada a la salida del restaurante. Está borrosa como nuestra percepción de las cosas.

Y aquí el menda conduciendo el tractor de Eusebiu.

Para rematar la jornada, nos disponemos a disfrutar de ese pedazo de albergue con las camas a reventar de chinches y liendres de la más variada estirpe. El único sobrio — Salva — optó por montar la tienda dentro de la infame covacha y durmió protegido. Bernardo y yo, entre los sopores del alcohol y los efluvios de las fabes, hundimos nuestros maltrechos cuerpos en las renegridas colchonetas, donde un espeso tufillo a humedad y a excremento de rata nos acabó de amodorrar para soñar con los angelitos. Hasta mañana.