Sin embargo, nuestra naturaleza nos lleva a ser lo peor de lo peor y como vemos que el esloveno no tira mucho para arriba, pues nos ponemos todos a ver si le damos alcance. Así, con los ojos inyectados en sangre, sin atender al paisaje, a los bosques, al musgo de las hayas, al cielo con su azul profundo, sin darnos cuenta de la poesía de nuestro entorno, nos vamos calentando cada vez más y sólo se escucha ya el bramido de los orcos.

[4 de Agosto de 2007] Logarska Dolina – Begunje (96 kms)

El cielo amanece soleado y radiante, como nosotros, que estamos muy descansados por el día de ayer y con muchas ganas de afrontar «il passo di Austria». Desayunamos en la casita de chocolate y nos despedimos de nuestras amigas eslovenas para meternos en faena. Hoy tenemos dos puertos difíciles: el primero es el Paulitschsattel de 1339 metros que nos mete en Austria; el segundo, el de Seeberg con 1215 metros, nos devuelve a Eslovenia.

Nada más comenzar la subida nos damos cuenta de que aquí no se puede bromear. No sé por qué pero me enchufo la música para afrontar la subida relajado y me abstraigo de los posibles cohetes que puedan sonar a mi alrededor. Así, con Quique González para despertarme, y luego con Morcheeba para las rampas más duras, veo al fondo las señales de la aduana. Estamos a punto de cambiar de país. La infraestructura aduanera está muy bien montada y se nota que esto era antes parte del «telón de acero». Me imagino por aquí a fugitivos huyendo de la opresión en busca de una vida distinta con otro tipo de oportunidades en Occidente.

Con todo, no he dicho nada del paisaje que es sencillamente espectacular: estos Alpes calizos tienen una verticalidad extrema y unos bosques preciosos. El descenso rápido con curvas de vértigo lo hacemos disfrutando como enanos por una carreterita estrecha y sus revueltas. Cuando vemos algún encuadre mágico chirrían los frenos y nos detenemos a fotografiarnos. No todos los días pasa uno por sitios de lujo como éste.

Finalmente enlazamos con la carretera principal que comunica la ciudad eslovena de Kranj con Austria. Volvemos a poner rumbo al Sur y vuelven las cuestas. Charlamos un rato con un chaval esloveno que viene precisamente de Kranj haciendo una ruta circular. Lleva ya más de 50 kilómetros y todavía le quedan 40 para terminar su periplo. Le vemos fibroso y muy energético así que nos hacemos los «longuis» y le dejamos irse primero para arriba. Tampoco es plan de que nos humille con su pedalear. Pues nada, el tío que se va y nosotros salimos después con nuestras alforjas que, en buena lógica, nos deberían disuadir de actos absurdos como, por ejemplo, picarnos con el colega.

Sin embargo, nuestra naturaleza nos lleva a ser lo peor de lo peor y como vemos que el esloveno no tira mucho para arriba, pues nos ponemos todos a ver si le damos alcance. Así, con los ojos inyectados en sangre, sin atender al paisaje, a los bosques, al musgo de las hayas, al cielo con su azul profundo, sin darnos cuenta de la poesía de nuestro entorno, nos vamos calentando cada vez más y sólo se escucha ya el bramido de los orcos. Todos le fuimos pasando, uno por uno, sin piedad, como si fuéramos pobres diablos necesitados de humillaciones para levantarnos sobre nuestra propia miseria. Dios mío, ¡qué barbarie y que poca consideración! Yo creo que ese día el colega colgó la bicicleta de ver el bamboleo sincronizado de nuestras panzas con las alforjas mientras le sobrepasábamos. Posiblemente no superó el trauma.

Tras la picacera llega la calma. Entramos de nuevo en Eslovenia por el paso de Seeberg y descendemos un valle de ensueño, el del río Kokra, flanqueado por montañas que alcanzan los 2500 metros y que se yerguen sobre este valle profundo de menos de 700. A la altura de Preddvor y tras la comida tomamos carreteras locales en dirección oeste hacia Bled, el punto neurálgico del turismo de montaña en Eslovenia. Sin embargo, se nos va haciendo cada vez más tarde y nos tenemos que quedar antes, en un sitio pequeñito llamado Begunje. Ahí encontramos un cámping en el que montamos la tienda pasadas las 10 de la noche tras más de 90 kilómetros de pedaleo.