La tarde discurre sin más historia. El menda se dedica a escuchar algo de música en el móvil sentado en un tronco mientras las luces comienzan a declinar.

[…]Mientras nos dejamos llevar por el sueño, el oleaje de los ronquidos de Sixto y el ruido de la paja que se compacta bajo nuestros cuerpos, alguien atisba entre las tablas un trocito de cielo y vislumbra, con mucha satisfacción, que las estrellas ya titilan en lo alto y que mañana tenemos pendiente otro día épico de ciclismo.


[3 de Agosto de 2007] Día de descanso forzoso en Logarska Dolina

Tras una noche estupenda en la casita de chocolate el día amanece cubierto y con nubes muy bajas embarrancadas en las montañas. Subimos a tomar un magnífico desayuno y mientras estamos en ello escuchamos como empieza a descargar muy fuerte la lluvia. ( ejem…ejem…) Con esta perspectiva terminamos el café y las tostadas — sin tostar por supuesto — muy tranquilos y nos salimos al porche de la casa a ver qué pasa: si escampa o si, por el contrario, el cielo acaba por desplomarse sobre nuestras cabezas.

Van pasando los minutos, luego ya las horas y vemos que esto no cesa. Total: al final se reúne el «sanedrín» para deliberar y acordamos no salir hoy sobre todo porque la etapa discurre por altos puertos y con incertidumbre del lugar de llegada. Está claro que con este panorama borrascoso no nos podemos arriesgar a terminar calados hasta el perineo y sin un lugar claro donde pernoctar. Nos ponemos «de calle», cogemos abrigo y bajo nuestros chubasqueros subimos andando al mismo restaurante en el que ayer nos dimos el homenaje de la cena. Es nuestro estado natural cuando no estamos en la bici: pensar en comer.

La comida de hoy no tiene nada que envidiarle a la cena de anoche; además, tiene mucho encanto eso de degustar una trucha pescada a escasos metros en estos torrentes de montaña mientras allá afuera sopla el viento entre los abetos y las hayas y no para de diluviar. Tras la sobremesa, por fin, empiezan a abrirse algunos claros y nos permitimos volver a nuestra casita de chocolate paseando sin mojarnos y disfrutando de una sinfonía de húmedos olores.

La tarde discurre sin más historia. El menda se dedica a escuchar algo de música en el móvil sentado en un tronco mientras las luces comienzan a declinar. Cuando ya se ha hecho de noche nos sentamos en la mesa del porche a charlar con las eslovacas y nos clavamos varias pivos que, en nuestro deplorable estado de forma, nos causan mareos y alucinaciones. Ellas, sobre todo la pequeña Urshka, beben con facilidad gracias a esa genética eslava que Dios les ha dado y el amigo Iñaki les quiere seguir la rueda. Como ya no tenemos nada que perder —  ni que cenar — pues cogemos una cogorcilla por inanición, pequeña borrachera que disfrutamos en la intimidad de nuestro granero, lugar sorprendente en el que vamos a pasar la noche porque la casa ya está ocupada para esta noche.

Mientras nos dejamos llevar por el sueño, el oleaje de los ronquidos de Sixto y el ruido de la paja que se compacta bajo nuestros cuerpos, alguien atisba entre las tablas un trocito de cielo y vislumbra, con mucha satisfacción, que las estrellas ya titilan en lo alto y que mañana tenemos pendiente otro día épico de ciclismo. Mañana nos espera «il passo di Austria».