Lo importante viene ahora. Lo importante fue llegar a Logarska Dolina, un lugar magnífico y que posiblemente sea uno de los más hermosos que he visitado. Llegar a tiempo de contemplar el atardecer, la luz rebotada en las altas paredes, la sensación de estar en un lugar indescriptible con la única duda de la cena y la cama. Y esto es porque preguntamos y nos dicen que no hay pueblos ni restaurantes por aquí… claro, si es parque natural… ¿qué esperábamos? Es como si uno llega a la cola de caballo en Ordesa y espera tener ahí un Spar para comprar la cena.


[2 de Agosto de 2008] Ljubljana – Stovna ob Paki – Logarska Dolina (Solcava) (56 kms)

M adrugón en el albergue para, subidos en las bicis, hacer casi una persecución por las calles de Ljubljana en dirección a la estación del tren. No queremos perder el primero que sale a las 7h40m porque el siguiente nos tendría más de dos horas en el andén esperando, así que más vale asegurar. Cuando llegamos a la estación preguntamos por el andén y tras averiguarlo tenemos problemas serios para descifrar los carteles en esloveno que hay en cada vía. Al final entramos en el tren con nuestras bicicletas — todo un detalle esto de poder subir las bicis a los trenes, los de RENFE que tomen nota — y nos acomodamos en los asientos de madera. Trayecto neutralizado para aproximarnos a la montaña.

El tren tarda más tiempo del previsto… o más bien que se nos hace largo y la única opción que le queda a un especimen de marmota como yo es quebrarse el cuello en el asiento, babear la ventanilla y entrar de la mano de Morfeo en mi territorio preferido: la siesta mañanera. El resto de compas se queda charlando hasta que Sixto, nuestro guía particular en estos países de extrañas lenguas, nos dice que ya hemos llegado.

Nos asomamos a la ventanilla y esto parece el apedaero de la Macetúa, semiperdido en el campo, aislado y sin nadie que reciba al tren. Bueno, pues nos bajamos en Stovna ob Paki y nos escondemos detrás de un murete para vestirnos de ciclistas. Una visita al aseo, un par de bocados rápidos y nos ponemos en faena a eso de las 12h con un sol de justicia y calor del bueno, que para eso es verano y ya estábamos hartos de tanto frío.

Tras unos pocos kilómetros de tranquilidad nos llega un primer puertecillo serio con duras rampas que nos lo tomamos acelerados. No sé que pasa hoy pero el ambiente está tenso y la gente tiene ganas de moverse. Pues nada, todos para arriba apretando el pedal y moviendo alforjas de lado a lado. Todo esto supongo que será para demostrar que, pese a quitarnos kilómetros con el tren, nosotros nos ganamos los jornales.

Después del puerto descendemos hasta un valle amplio con un río importante que nos va a acompañar en todo el trayecto hacia Logarska Dolina. Genial el paisaje verde, con montañas prometedoras en el horizonte, espesos hayedos y en las colinas más altas abetos que ocupan su lugar correspondiente en el mundo vegetal desplazando a las hayas. La carretera, sinuosa, con buen piso, llana y sin apenas tráfico también acompaña y nos hace disfrutar como nunca. Será mi percepción subjetiva pero cada vez me estoy encontrando más entonado, más identificado en este viaje y, sobre todo, más acoplado a ese lugar estrecho, incómodo y callosero como es el sillín de mi vieja scott.

Enseguida se nos hacen las dos y tenemos hambre. En un pueblecito paramos a la entrada, a la sombra de una edificiación típica de estos lugares cuyo uso debe ser mantener expuesta y oreada la paja al viento, el aire y el sol para que se seque. Entramos al pueblo y en la tienda de rigor nos pillamos pan, embutidos, dulces y fruta y comemos escuchando la música tradicional de estas tierras, música que asciende por la ladera de la colina desde una carpa donde la gente del pueblo está celebrando algo así como las fiestas patronales.

Tras la comida, pesados los estómagos y con un sol duro nos metemos de nuevo en faena. Prevemos unos kilómetros de transición, tranquilos, disfrutando la exuberancia de estos paisajes prealpinos y, sin embargo, alguien desata las hostilidades. Alguien se pone en cabeza, tensa la cadena, aprieta pedales, y, como ya estábamos cuatros días sin tocarnos las narices, pues todo el mundo recoge el envite y se pone a rueda. Ese alguien sigue tensando y tensando… los kilómetros caen rápidos… cuanto más empinado se presenta más cachondo se pone… y así que llegamos a Solcava, el último pueblo antes de introducirnos en el paraíso calizo de Logarska Dolina, valle glaciar con desniveles inabarcables, verticales paredones y torrentes fragosos que serpentean ocultos en el bosque.

Tras Solcava, pueblo que pasamos en plan Tour, sin pararnos siquiera a pensar que esta noche no tenemos asegurada la cena y que a lo mejor no encontramos nada más arriba, la carretera se hace más espesa y cerrada entre paredes. Además, cada vez va tendiendo más hacia arriba y es el momento de probar las piernas, a ver cómo responden. Y se desata la tormenta. Dolor, dolor y dolor. La cerrilidad humana que se pone de manifiesto: ¿para qué coño pedalear como un poseso, haciéndote daño en los riñones y los muslos, llegando al agotamiento extremo? Pues no lo sé. Pero no podemos evitarlo. Sobre todo hasta que con el rabillo del ojo uno comprueba que el neumático que va por detrás va cediendo centímetro a centímetro, y que al final un ruido de engranajes relaja la tensión de la cadena, para dar paso a la calma — en realidad, este momento no tuvo nada de literario, fue una picacera más sin historia, pero de alguna forma hemos de rellenar el expediente.

Lo importante viene ahora. Lo importante fue llegar a Logarska Dolina, un lugar magnífico y que posiblemente sea uno de los más hermosos que he visitado. Llegar a tiempo de contemplar el atardecer, la luz rebotada en las altas paredes, la sensación de estar en un lugar indescriptible con la única duda de la cena y la cama. Y esto es porque preguntamos y nos dicen que no hay pueblos ni restaurantes por aquí… claro, si es parque natural… ¿qué esperábamos? Es como si uno llega a la cola de caballo en Ordesa y espera tener ahí un Spar para comprar la cena.

Pero hoy es nuestro día de suerte. Y nos dicen que en una de las casas del valle admiten gente para dormir. Y para allí que nos vamos: para esta noche tenemos sitio en una casita de madera encantadora y regentada por dos chicas. Ejem ejem… esto cada vez está mejor. Finalmente, resolvemos el tema de la cena porque unos kilómetros más arriba nos dicen que hay un restaurante. Nos los marcamos con las bicis, pero la cuesta es tan empinada y yo voy tan cansado que prácticamente los hago andando. El restaurante es un refugio de montaña, de madera, oculto entre abetos y que nos ofrece unas truchas para quitarse el sombrero. ¿Qué es la felicidad Conan?