Última etapa del viaje betetero de este verano. Un sencillo trayecto por la vía verde del Noroeste enlazando Caravaca con Bullas para luego cabalgar sobre los ondulados campos del Cagitán con la hermosa vista del Almorchón y un levante húmedoque nos acompañó hasta las cervezas en el bar de Julio.

ficha

sierras del noroeste de murcia, campo de Cagitán
julio 2011
58 kilómetros
350 metros
4 horas
levante húmedo, sol

Silencio. Se duerme.

Dentro del monasterio estamos aislados del ajetreo de la calle y el ruido de los coches que pasan por la Glorieta. Tan sólo los vencejos que revolotean nerviosos logran despertarnos y sacarnos de las habitaciones.

Hoy es el último día del viaje y resta una etapa tranquila, como la de los héroes del Tour que, al llegar a la tan ansiada cita con los Elíseos, se dejan llevar por la inercia y disfrutan con cada una de las pedaladas. La idea es dirigirnos primero a Bullas por la vía verde y, a continuación, atravesar los Campos del Cagitán en progresivo descenso hacia Cieza.




Hace un día espléndido con levante húmedo y fresco que se agradece…

Recogemos, desayunamos y nos despedimos de los monjes. Salimos por la antigua C330 de Caravaca y en pocos metros ya estamos sobre el asfalto de la vía verde camino de Cehegín y Bullas. Hace un día espléndido con levante húmedo y fresco que se agradece después de las últimas jornadas de calor. Además unas nubes algodonosas andan enganchadas en las grandes sierras del noroeste y le dan más vidilla al cielo y el horizonte.

Tras cruzar Cehegín nos adentramos en la zona más verde de la vía verde: las laderas de las sierras de Quípar y Burete cuyo denso tapiz de vegetación únicamente se interrumpe por el trazado de la autovía del noroeste. Disfrutamos cada uno de los kilómetros: el paso por Begastri, los viaductos sobre el arroyo de Burete y río Quípar, los robles del barranco de la Regidora y los árboles del amor que hay a la vera del Carrascalejo. A la entrada de Bullas tiramos por el centro del pueblo obviando la señalización oficial que hace un rodeo por el cementerio. Desde la misma iglesia nos dirigimos hacia el polígono industrial de Marimingo para tomar el camino de la Silla, una vía local asfaltada con la dirección perfecta que nos acercará hasta los campos de Cagitán.



Campos del Cagitán. Perspectiva desde el Charco del Buey


Túnel de la vía verde


Es un placer — y nunca nos cansaremos de recorrerlos — volver a pedalear por estos llanos…

Al superar el collado entre la Silla y la muela de Codoñas ya nos asomamos a las vertientes del Cagitán cuyos horizontes están cerrados, de norte a sur, por el Molino, la Palera, el Almorchón, la sierra del Oro y la sierra de Ricote. Es un placer — y nunca nos cansaremos de recorrerlos — volver a pedalear por estos llanos cerealistas de perfiles suaves y panorámicas inabarcables. Es una delicia dejarse caer por el carril de la charca del Buey mientras que por el rabillo del ojo vemos saltar las perdices que se alimentan en los rebordes del humedal.

El perfil ahora es un continuo sube y baja en el que le vamos ganando kilómetros al horizonte dominado ya por la sierra del Oro y el cerro Inés. A la altura de la Torreta entramos de nuevo en la C330 y ya nos relajamos sabiéndonos en casa. Pasamos el cruce de la venta de Palomín y, tras el vado de la rambla del Cárcavo, doblamos el puntal del Ripión y remontamos los últimos kilómetros de cuestas a la sombra de los pinos y la humedad de la fuente del Rey.



Campos de Cagitán. Cerca de la Venta de Palomín

De la errada para abajo nadie da un solo pedal. Nos sentimos tan bien en nuestro pellejo que apenas hablamos, si acaso, alguna mirada atrás para contemplar desde dónde venimos, tarea imposible pues la curvatura de la tierra nos impide abarcar la tremenda elipse que hemos trazado a lo largo de estos siete días. Y así, envueltos en la poesía del regreso, en la mística de la extenuación, en la lucidez pasajera que otorga el haber vivido únicamente con lo puesto durante unos pocos días, descendemos por la cuesta del Maripinar y echamos pie a tierra para tomar las últimas cervezas.

Tan sólo me queda añadir un párrafo que recuperé hace bien poco en una entrada reciente pero que viene muy bien para rematar esta pequeña aventura:

El mar estaba tranquilo, tibio, el sol ahora ligero sobre las cabezas mojadas y la gloria de la luz llenaba esos cuerpos jóvenes de una alegría que los hacía gritar sin interrupción. Reinaban sobre la vida y sobre el mar y lo más fastuoso que puede dar el mundo lo recibían y lo gastaban sin medida,como señores seguros de sus riquezas irreemplazables

Albert Camus, El primer hombre