Penúltima etapa. Con dolor en el ojal y los muslos reventados del día anterior, hoy nos merendamos el puerto del Pinar por su vertiente norte. No contentos con superar la dificultad montañosa, buscamos el dolor máximo atajando por carriles.

ficha

sierra de la Guillimona, sierra de las Cabras, sierras del noroeste de murcia
julio 2011
86 kilómetros
900 metros
8 horas
despejado, calor

Recién levantados en la Matea somos conscientes del dolor.

Si bien ayer hicimos la etapa más dura y exigente del viaje, la de hoy tampoco es precisamente llana y con el cansancio acumulado nos va a costar un riñón. Esto mismo lo vamos advirtiendo cuando empezamos a dar pedales dándole la espalda al caserío de Santiago a la búsqueda del puente sobre el Zumeta y el paso a la provincia de Granada. Una vez que entramos en nuestra cuarta y última provincia del viaje — Murcia, Albacete y Jaén la precedieron — comenzamos la ascensión al puerto del Pinar por su lado norte.




Tras la Vidriera la cosa se suaviza y la carretera se pone disfrutona con leves cuestas, muchas curvas y kilómetros de pino

La pendiente no es mucha pero si vas tostado como es el caso y con el alforjeo cada vez más clavado en los riñones y los muslos entonces nos parece estar subiendo el Mortirolo. Emilio se marcha — como en él es habitual — para adelante y el resto de leprosos nos quedamos haciéndonos risas y poniéndole al mal tiempo buena cara. Nos vamos bufando de reír un kilómetro tras otro con las levantás del sillín — ¡aaaaaaaaaarriba con ella! — inspiradas en la semana santa de Sevilla. Si es que tenemos un arte…

Tras la Vidriera la cosa se suaviza y la carretera se pone disfrutona con leves cuestas, muchas curvas y kilómetros de pino. Si en el coche el camino desespera en la bici las distancias se estrechan y agradecen hasta el punto de que casi sin darnos cuenta ya estamos casi culminando el puerto. Un kilómetro antes del mismo nos desviamos a la izquierda por un carril poco visible que se dirige hacia la cabecera de la rambla de los Vaquerizos.



Refrescándonos en la fuente de Cañada de la Cruz

Las cuestas ahora son de tierra con piedra suelta y pendientes que alcanzan el 20%. Nos bajamos y tiramos de riñón hasta un breve collado en el que ganamos vistas de toda la cuenca de la rambla y de por dónde vamos a salir. En efecto, a levante se adivina perfectamente un paso entre dos cerros por el que, en teoría, vamos a descender hacia la carretera que rodea la sierra de las Cabras.

Y así es: llegamos al segundo collado, nos hacemos un lío con la puerta de alambre que al final conseguimos abrir — y cerrar — y luego nos tiramos por unas cuestas salvajes de cantos blancos y sueltos que nos llevan hasta el mismo cortijo de la Hoya del Espino. Este carril es bastante nuevo y el antiguo que descendía directamente a la cortijada ya prácticamente está en desuso.

Hace bastante calor y vamos pobres de agua. La buscamos en los tornajos que hay al lado de la carretera que están secos y luego en un pocete. Allí nadie se fía excepto Bartolo y yo que metemos la cabeza y nos saciamos. Todavía nos queda un rato hasta la comida así que nos ponemos otra vez a dar pedales doblando en sentido antihorario la extensa mole de las Cabras con buenas vistas de María y los campos de la Puebla y Almaciles.



En la umbría de Mojantes, cerca del cortijo de los Derramadores


…nos quedamos hasta las seis disfrutando del mejor ciclismo que no es precisamente el de nuestras piernas, sino el que regala Contador en Francia

En el pilón de la Fuente de la Carrasca nos refugiamos a la sombra y nos empancinamos de agua fresca y frutos secos hasta el punto de que tenemos que ponernos firmes para cerrar las bolsas de cascaruja y seguir unos kilómetros más hasta Cañada de la Cruz donde nos refrescamos en la fuente y nos ponen una carne deliciosa. Como el lorenzo sigue cascando fuerte y la etapa del tour es de las buenas le pedimos permiso al dueño del bar y nos quedamos hasta las seis disfrutando del mejor ciclismo que no es precisamente el de nuestras piernas, sino el que regala Contador en Francia.

Con los estómagos concentrados en la carrillera y la cerveza nos subimos otra vez en las burras para dormir en Archivel o Caravaca, lo que tenga a bien la providencia otorgarnos. Pasamos por el Hornico y pronto nos salimos por un carril hacia la aldea del Tartamudo. El sol va declinando y dudamos un par de veces pero encontramos el camino hacia el cortijo de los Derramadores por la umbría de Mojantes. Tras las últimas cuestas ganamos vistas del Gavilán y de montañas ya muy familiares porque son las montañas de casa. En terreno favorable y entre regadíos industriales con plásticos sucios y troceados llegamos a Archivel y de ahí por el camino viejo ponemos la directa hasta Caravaca.



Salimos a cenar con los deberes hechos

Preguntamos en la glorieta por algún sitio para dormir que sabemos que con lo del jubileo la cosa está cara y escasa. Encontramos acomodo en un bonito monasterio precisamente al lado de la misma glorieta del que ahora no recuerdo su nombre pero en el que nos tratan de maravilla a un precio estupendo. Aprovechamos nuestro conocimiento del medio caravaqueño para buscar un buen bar de tapas cerca del ayuntamiento y celebrar la última noche de la expedición. Mañana estaremos en casa.