Tengo decenas de agendas guardadas con cosas escritas… en una del año 1997 escribí algo que, de alguna forma, divulgué por la red. No lo recordaba y hace poco en el foro verde de Cazorla apareció en una entrada del amigo Saqura. He estado buscando en mis «sitios» el lugar donde puede estar este texto pero no lo he encontrado. Por ese motivo voy a reproducirlo aquí en esta nueva entrada. Espero que os guste.

Estoy obsesionado con una idea: el camino. No me refiero a alguno en particular, sino que pienso en cualquier franja estrecha de tierra a la que se le pueda nombrar de esa forma. El camino entre dos puntos no tiene sentido por los extremos que une, sino por los lugares por los que discurre. Éstos le confieren su valor y exclusividad. Me gusta escribir sobre los caminos que he recorrido: los paisajes contemplados, los árboles que jalonaban el borde, las luces que iluminaban las extensiones y los campos… Pero para poder hablar sobre estas cosas hay que haberlas vivido con mucha tranquilidad, sufriendo cada cuesta, atendiendo a todas las perspectivas, repasando las vistas y soñando lo visionado. Se trata de tener paciencia y andar suavemente escuchando el latir tranquilo del tiempo en las sienes del cielo. Si uno es capaz de imaginar lo provisional del espacio que atraviesa un camino, entonces advierte que el camino, sobre todo, se encuentra en el interior del que lo anda. (Cuando hago esta afirmación, me refiero a la extraña y finísima sensación que, desde la atalaya más alta, se puede apreciar en las piedras, horizontes y vaguadas.)