Las lentejas de Andrés

Que Segura es un lugar mágico es algo que intuimos todos los que por allí nos dejamos caer de vez en cuando. Lo notamos claramente cuando la luz del atardecer rebota en oblicuo sobre los poyos de la Toba; también se aprecia con nitidez en pleno otoño, justo cuando los chopos delatan la presencia de un viejo cortijo entre el pinar; no podemos olvidar por supuesto el rumor de los arroyos que lamen la entrepierna de los calares ni tampoco el silencio estremecedor de la nieve cuando clausura la sierra por tiempo indefinido.

Nosotros, visitantes ocasionales del paraíso, vemos las cosas así.

Sin embargo, supongo que aquél que duerme todas las noches en el vientre de la sierra alberga una consciencia mucho más definida de lo que es la Segura profunda. Probablemente pueda contarme por qué tan pocos aguantan durante los inviernos. Seguramente me podría explicar qué pasa cuando la carretera queda inservible durante muchos días o cuánto tiene que pagar para tener una cobertura de mierda y un internet precario. Sí. Posiblemente estas notas de realidad realzaran todavía con mayor vigor la magia de una montaña, de una sierra y de un modo de vida ya casi perdido.

Estas letras son el trasunto de una larga tertulia mantenida en la Paridera, en la Venta de Rampias, la tarde del último sábado. Me sentí muy implicado, totalmente identificado y plenamente reconfortado por la compañía y por las viandas. Fui feliz.

En el regreso, de camino hacia Yeste y acompañando al joven Segura en sus primeros requiebros, no dejaba de pensar en las conversaciones mantenidas. Y así, de vez en cuando, la carretera sinuosa me acercaba a caseríos, cortijos y pequeños núcleos: las Casicas del Río Segura, el Parralejo, las Juntas. Muchas casas estaban clausuradas: las contraventanas cerradas, las persianas echadas, la puerta apalancada. Sin embargo, de vez en cuando, encontraba alguna con las ventanas abiertas. Afuera: la noche, los dos grados bajo cero, la nieve en el talud y el viento en las cumbres. Y dentro, tras la calidez de los visillos, una lumbre. La luz que mantiene con vida la sierra en el crudo invierno. Que así sea.

Fotografía de portada: Blas Prieto Sánchez

MontañaVenta de Rampias. Río Madera. Sierra de SeguraFecha5 de Diciembre de 2017URLwww.facebook.com


José Antonio Pastor González


Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.

Todas ellas son el terreno de juego protagonista de esta web gracias a la cual disfruto por partida doble: primero subiendo las cumbres y luego relatando mi experiencia. Sed bienvenidos y gracias por vuestra visita.

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