Se trata de un proyecto promovido por la Confederación Hidrográfica del Segura en el que vamos a presentar las montañas de la cuenca con el fin de conocerlas como mejor se hace: pateando sendas, agarrándonos a las rocas y oteándolas desde sus más altas cimas.

Para ello, en este sitio web describiremos un total de 25 actividades por las montañas de la cuenca aportando datos técnicos, información cartográfica, tracks, descripciones y otras anotaciones que puedan ser útiles para disfrutar al máximo de este espacio tan singular del sureste español.

El río Segura, nuestro río, no es solo esa estrecha banda que conforma el cauce y las huertas y vegas aledañas. Por supuesto que no. El Segura es un río importante — el tercero de los grandes ríos peninsulares que vierten al Mediterráneo — porque en él confluyen otros muchos ríos, arroyos, ramblas y manantiales que lo alimentan, ramifican y extienden a lo largo y ancho de una cuenca extensa y diversa con más de 18.870 kilómetros cuadrados.

Entren las borrascas por Poniente — empujadas desde el inabarcable Atlántico — o lo hagan por Levante — alimentadas por el anciano y venerable Mediterráneo en las costas argelinas — las masas de aire húmedo que barren la cuenca se encuentran de repente un obstáculo casi insalvable. Nos referimos, evidentemente, a las montañas del Segura, un conjunto amplio de sierras, casi siempre en disposición SO-NE, que comprenden altitudes superiores a los 2000 metros y que se encuentran dentro del dominio de las cordilleras béticas.

Estas montañas del Segura no se conocen así como tal. Pero las hemos querido llamar de esta forma por un motivo decisivo: en ellas reconocemos el origen de nuestro río.

Y es que si vemos la cuenca del Segura como un enorme vaso o cuenco — valga la redundancia — que contiene a todas sus aguas, resulta que las montañas del Segura forman la mayor parte de las paredes del recipiente y toda gota que cae a un lado de ellas queda dentro de éste, a buen recaudo, bien a nivel de superficie, bien formando parte de las aguas subterráneas en los extensos acuíferos — que son las tripas — de las sierras y montañas.

Más aún, las montañas del Segura, además de constituir las paredes que conservan y guardan el agua, son también parte del engranaje, de la máquina que alimenta de caudales a nuestro querido río. La industria se pone en funcionamiento cuando las masas de aire húmedo chocan literalmente contra estas montañas — enormes barreras naturales — obligándolas a ganar metros reptando por laderas de pinos y roquedos desafiantes.

En su serpenteante camino hacia las alturas, el aire húmedo se enfría y condensa hasta precipitarse en forma de lluvia y nieve. Esta precipitación, a su vez y en el mejor de los casos, es retenida en las tripas de las montañas gracias a que la generosa vegetación detiene la escorrentía superficial y favorece la infiltración en el subsuelo. Las montañas del Segura son así como un enorme alambique que destila y almacena en sus entrañas la esencia de la vida: el agua.

¿Y cuál es el paso siguiente en este proceso? Pues son las mismas montañas del Segura las que, una vez que han recogido el agua infiltrada — agua que avanza trabajosamente por los poros e intersticios de las rocas entre laberintos calizos y profundas simas — la liberan mansamente alimentando manantiales, surgencias, fuentes y borbotones para seguir siempre sumando y hacer río.

El círculo, como todos bien sabemos, se cierra en el mar. En el mar y en los cielos, cuando, empujada por el sol, el agua vuelve a evaporarse y entra de nuevo en los circuitos azarosos de la atmósfera para alimentar las borrascas y regresar a las montañas, a las montañas del Segura.

En contra de visiones simplistas que conciben la cuenca del Segura como un territorio semiárido y homogéneo — un secarral que dirían algunos — existe en realidad una riquísima diversidad geográfica y climática que da lugar a ambientes muy diferenciados entre sí y que aportan a la cuenca una variedad de paisajes dignos de ser conocidos y protegidos entre los que sobresalen, entre otros, los ambientes de montaña.

Estructura territorial

La cuenca del Segura comprende el territorio de las cuencas hidrográficas que vierten el Mar Mediterráneo entre la desembocadura del río Almanzora, en la provincia de Almería, y la margen izquierda de la Gola del Segura, en su desembocadura en la provincia de Alicante. Además, se incluyen también la Rambla de Canales — que se corresponde con la cuenca del Almanzora — y las cuencas endorréicas de Yecla y Corral-Rubio, en la vecina Albacete.

La superficie así definida comprende una extensión aproximada de 18.870 kilómetros cuadrados repartidos en cuatro comunidades de acuerdo con los siguientes porcentajes: Murcia (59%), Valencia (7%), Castilla la Mancha (25%) y Andalucía (9%). Con respecto a las provincias la cuenca está repartida entre Murcia, Albacete, Alicante, Jaén, Almería y Granada englobando un total de 127 municipios.

El relieve

La topografía de la cuenca contiene una gran variedad orográfica en la que se alternan montañas con valles, depresiones y llanuras, estepas y sierras con cotas máximas superiores a los 2000 metros. Si estudiamos la distribución de las alturas, se tiene que el 18% está por debajo de los 200 metros, el 40% se encuentra a menos de 500 metros y el 81% está bajo la cota 1000 metros.

Las montañas superan con frecuencia los 1000 metros mientras que los altiplanos, con alturas comprendidas entre los 500 y los 1000 metros, se extienden por el noreste y el noroeste de la cuenca con topografía suave. Entre las alineaciones montañosas surgen valles, corredores y depresiones que se corresponden habitualmente con los cursos fluviales y éstos no llegan a los 500 metros de altitud. Precisamente esta compartimentación hace que la sensación de cordillera como sistema conexo de montañas se pierda y apreciemos las montañas de esta zona como islas que emergen desde las llanuras. Finalmente, por debajo de los 200 metros sólo aparecen suaves llanuras, vegas y huertas de pendientes inapreciables.

Clima

Toda la cuenca presenta grandes contrastes climáticos: desde fuertes sequías a lluvias torrenciales pasando por inundaciones, olas de calor y heladas catastróficas. De una a otra vertiente montañosa, de las altas tierras a las sierras litorales y, en definitiva, de una zona geográfica a otra se observan importantes diferencias climáticas. En ocasiones, se trata de variaciones locales debidas a la topografía y la orientación; en otras, son factores de carácter global que afectan a espacios más amplios.

En resumen, podemos afirmar que los factores que condicionan el clima de la cuenca — latitud, circulación atmosférica, topografía, orientación, exposición, distancia al mar — se combinan y multiplican dando lugar a una rica variedad y diversidad de matices tanto en el global de la cuenca como en los topoclimas o climas locales específicos de cada ubicación.

La distribución espacial de las precipitaciones presenta, como ya anticipábamos en la introducción, una estrecha correlación entre relieve y cantidades registradas. Así, son las montañas situadas en el noroeste de la cuenca — las montañas de cabecera — las que están mayormente sometidas al influjo de las masas de aire húmedo que traen las borrascas atlánticas del frente polar y en ellas se registran pluviometrías superiores a los 1000 litros anuales.

Ahora bien, aunque la altitud favorece las precipitaciones, el hecho de que la gran mayoría de los arcos montañosos estén alineados desde el suroeste al noreste dificulta el avance de las influencias atlánticas arrastradas por los flujos del oeste de modo que la pluviometría muestra una acentuada disminuación en una diagonal de orientación noroeste-sudeste con mínimos en el litoral mediterráneo del orden de los 300 litros anuales.

En lo que se refiere a las temperaturas, éstas también están directamente relacionadas con los factores ya mencionados — latitud, altitud, orientación, distancia al mar… — originando registros muy diversos. Así, en las montañas de cabecera la media anual está en torno a los 10 grados centígrados mientras que en la costa se alcanzan los 18.

Hidrología

El ámbito territorial de la cuenca está ocupado por un único río — el Segura — y el conjunto de sus afluentes. El resto de cauces con desagüe directo al mar son ramblas efímeras con aportaciones muy irregulares y condicionadas directamente por los aguaceros que caen sobre sus cuencas vertientes.

La mayor parte de los caudales se generan en las montañas de cabecera, tanto las que vierten al Segura como las que drenan hacia el río Mundo. Aguas abajo de la confluencia de estos dos ríos la margen izquierda apenas recibe aportaciones pues los cauces que desaguan en dicha margen son, por lo general, ramblas sin aportaciones permanentes y con fuertes aparatos torrenciales.

Este hecho contrasta con lo que sucede en la margen derecha. En ella desaguan varios ríos propiamente dichos — Moratalla, Argos, Quípar, Mula, Guadalentín — con caudales exiguos pero permanentes.

Geología

La cuenca del Segura queda casi en su totalidad dentro del dominio geológico de las cordilleras Béticas. Tan sólo en su parte norte encontramos materiales pertenencientes al zócalo herciniano de la Meseta que son, a su vez, la base del conjunto Bético. Las cordilleras Béticas, como es bien conocido, son de origen alpino — consecuencia del empuje de la placa africana sobre la placa euroasiática — y se extienden a través de Andalucía, Murcia y el sur de Valencia.

Las Béticas, al igual que sucede con la mayoría de las cordilleras alpinas, presentan dos grandes conjuntos de características netamente diferentes: las zonas externas y las zonas internas.

Las zonas externas se localizan geográficamente al norte y están formadas fundamentalmente por materiales del mesozoico. Éstos fueron depositados en el margen de la plataforma continental para, más tarde, ser plegados a causa de la orogenia alpina sin que el zócalo rígido (continuación de los materiales paleozoicos de la Meseta) se viera afectado por las fuerzas de compresión.

Las zonas internas, situadas al sur, están formadas en su mayor parte por rocas metamórficas y pertenecen a dominios paleogeográficos diferentes a los de las zonas externas. Además, los materiales paleozoicos se encuentran afectados por la orogenia alpina considerablemente.