Ascensión al Calar de la Sima saliendo de la aldea del Parolís y recorriendo el arroyo de la Espinea por una vereda acrobática. Viejos cortijos, sendas perdidas y territorio calar con magníficas panorámicas de la cuenca alta del Segura.
ficha

sierra de Segura, sierra del Segura
marzo de 2017
9 h
25 km
1600 m
despejado, fuerte viento en altura
actividad variada primero por una senda perdida que requiere intuición, luego por carriles y, finalmente, mucho monte a través y zonas abruptas para descender por viejos terrenos de labor y un camino de servicio hasta Parolís; para montañeros con experiencia y habituados a caminar fuera de sendero
croquis disponible aquí
track disponible aquí

Regresamos a una de las montañas talismán de esta web: nuestro Calar de la Sima. Desde hace un par de años tenía diseñada la actividad pero he tenido que esperar a esta primavera para llevarla a cabo. La idea es ganar las máximas alturas del Calar desde lo más profundo: desde el mismo valle del río Segura, justo donde el arroyo de la Espinea desemboca en el río grande. Ese lugar tiene un nombre, unas casas encaladas, unas huelgas cuidadas con mimo y callejuelas estrechas donde ronronean los gatos. Ese lugar es la aldea de Parolís en Albacete a la que se accede por carretera desde Yeste. (En la cartelería aparece Parolix con equis de Astérix, pero los habitantes del pueblo me confirmaron que el topónimo correcto es con ese.)

Aunque este tipo de aventurillas suelo encararlas en solitario1 hoy tengo la fortuna de poder compartirla con Bernardo. Bernardo fue un clásico de esta web en sus primeros tiempos hasta que la paternidad — de ambos — nos ha tenido al margen durante unos breves años. Últimamente, siempre en horario infantil, conseguimos cuadrar agendas y patear monte en compañía lo cual es un lujo pues es el mejor rastreador de sendas que conozco. Y hoy voy a necesitar de su habilidad para desentrañar todos los misterios del recorrido. Vamos a ello pues.

Dejamos el coche junto a la antigua escuela unitaria y caminamos hacia el puente del arroyo de la Espinea para tomar el camino que sube hacia el caserío del Robledo. (Desde aquí se puede caminar por el carril hacia el sur y buscar las alturas del Calar de la Cabeza de la Mora, algo que ya hicimos en otra ocasión.) Algunos ancianos se interesan por nuestros pasos y les explicamos que vamos a adentrarnos por el arroyo buscando la vieja vereda que sube hacia el Cortijo de Royo Seco. Nos miran con cara de sorpresa y ya nos avisan:

– Eso está muy malo.

Y añade uno de ellos:

– Ya me gustaría a mí poder volver a subir por esos caminos.

Nos despedimos y seguimos bajo la sombra de grandes pinos y chopos hasta que abandonamos el carril principal y seguimos una conducción de agua que serpentea entre viejas huelgas. Unos metros más adelante nos adentramos en terreno forestal y la senda muy indefinida y enmatojada va ganando altura entre espinos, lentiscos, coscojas y romeros. Hace calor para la época y un sol duro sobre el Puntal de Rodas nos castiga en la espalda mientras negociamos las pendientes de piedra suelta y lastras musgosas. En ocasiones nos podemos asomar a algún puntalillo o poyete donde disfrutamos de magníficas vistas y el impresionante cañón que ha labrado este arroyo de la Espinea entre dos calares colosales: la Sima al norte y la Cabeza de la Mora al sur.

Llevo en mente un paso con cadenas del que me habló un amigo de la Asociación de Senderismo de Tobarra así como el bueno de Rubén que hizo esta ruta con ellos.2 Veremos a ver qué tal lo pasa Moss. Llegamos al mismo casi sin darnos cuenta. Es una pequeña placa con algo de caída que se salva gracias a dos tablones de madera y una cadena de hierro como pasamanos. Me coloco bajo los tablones en una cornisa de tierra, me apalanco con la cadera en los rieles que guían las tablas y ayudo a pasar a Moss que consigue salvar el obstáculo con la colaboración de Bernardo. ¡Qué máquina este Moss!

Toconal y cortijos del Collado de la Fuente, los únicos habitados en la zona

Más adelante la senda alcanza un viejo carril por el que remontamos hacia el cortijo de Royo Seco. Se trata de un lugar sorprendente, colgado del abismo y con una era de libro en la que nos tomamos el bocata a media mañana. De repente, una montonera de cabras nos cerca y se nos quedan mirando fijamente. Ato a Moss a la rama de una parra para que no las moleste hasta que vemos llegar al pastor con quien charlamos un buen rato. Le preguntamos por la senda que sube hacia el cortijo de la Espinea y nos comenta que hace ya mucho que no se mete por allí. Me sorprende que, en la conversación, aparezcan sitios como Los Voladores y que él los desconozca por completo. ¡Qué cosa más curiosa y frecuente! Un señor que seguramente controla cada palmo de la tierra que pisan sus cabras pero que no ha escuchado hablar de lo que hay más allá del siguiente collado porque hasta allí no le ha hecho falta asomarse.

Tras el receso nos internamos siguiendo viejas trazas entre los bancales del cortijo. Apenas hay un rastro definido y nos limitamos a avanzar siguiendo los mejores pasos. Enfrente, al otro lado del arroyo, cerca en la visual pero inaccesible e inexpugnable desde esta vertiente, está el caserío de los Centenarejos. Visitamos algunos abrigos de pastores y, tras superar una estrecha cornisa similar a las que hay en el Cañón de los Almadenes,3 llegamos a un terreno más pacífico pero con un sotobosque muy espeso. Entre las copas de los pinos adivinamos los chopos del cortijo de la Espinea de modo que nos ponemos en piloto automático y muy pronto nos asomamos a las extensas huelgas donde antes se cultivaba el cereal y las patatas. El arroyo trae un buen caudal y bajo las encinas hacemos un nuevo descanso para tomar agua y debatir nuestro futuro.


En ocasiones nos podemos asomar a algún puntalillo o poyete donde disfrutamos de magníficas vistas y el impresionante cañón que ha labrado este arroyo de la Espinea entre dos calares colosales: la Sima al norte y la Cabeza de la Mora al sur..


Nos hemos entretenido en demasía para hacer este primer tramo así que barajamos la posibilidad de una deshonrosa retirada por la pista. Sin embargo, decidimos apurar más la jornada y continuamos remontando el arroyo de la Espinea aprovechando un viejo carril. 4 Sobrepasado el Molino del Rubial nos separamos finalmente del cauce para ascender buscando el cortijo del Toconal. Precisamente en la visual se destaca omnipresente el Fraile del Calar de la Sima que parece pender de una base exigua hasta que, en cualquier momento, la gravedad lo lleve a buscar una posición más estable en el fondo del valle.

Hace bastante calor, estamos en las horas centrales del día y vamos justos de agua. Cruzamos la pista principal y seguimos de frente hasta llegar al Cortijo del Toconal adornado por varios cerezos en flor. La idea ahora es rodear la base del Fraile en sentido horario para buscar el mejor paso que nos de acceso a las alturas del Calar. Encontramos un viejo camino que posiblemente enlazara con el cortijo de las Hoyas. Siguiendo trazas cómodas y a media ladera nos vamos poniendo bajo el Fraile y, más tarde, bajo las paredes que defienden la cara oeste del Calar.

Una visita inesperada

Al ganar el cambio de vertientes y asomarnos a la cuenca del Tus giramos 90 grados a la derecha para encaramarnos en lo más alto. Aquí sopla un viento furibundo que nos pone las cosas difíciles y nos obliga a abrigarnos. Aún así, más pronto que tarde llegamos a la plataforma del calar. Al norte se distingue perfectamente la Peña Palomera así como la cumbre. Miramos nuestro reloj y tenemos claro que debemos continuar sin acceder a ella. Así que caminamos por el reborde sur con espectaculares vistas de todos los Huecos de Bañares y sus cortijadas y aldeas. Destaca especialmente el Toconal en equilibrio precario pero permanente. Indudablemente, estamos presenciando uno de los rincones más genuinos y mágicos de la Sierra de Segura y eso ya es decir mucho porque Segura tiene para dar y repartir.

En el horizonte se recorta la arista del Majadal Alto que es nuestro itinerario de bajada. Conforme nos vamos acercando se me va torciendo el gesto. Vaya, vaya. No parece sencillo seguir esa raspa de roca; en la foto aérea parecía más fácil. Y así, con la incertidumbre metida en el cuerpo nos asomamos a los abismos del Calar buscando un descenso alternativo por si las moscas. Hacia el sur está claro que no: muy abrupto y nos obligaría a patear mucha pista. Debe ser hacia levante, hacia donde teníamos pensado. Alcanzamos el límite provincial y parece que, desde el lado de Albacete, la montaña nos da una tregua. Genial. Además, encontramos una traza agradable que desciende por el norte evitando las entalladuras que, además, nos protege del fuerte viente de poniente.

Es cuestión de pocos minutos y llegamos al collado del Mojón donde encontramos abundantes restos de cazadores: léase puestos y cartuchos. Continuamos por la divisoria provincial, autonómica y de parques hasta los Picachos de los Encerradores. Vamos buscando como locos un exiguo carril que remonta entre zetas para alcanzar la pista principal, algo que conseguimos tras hacer muchos metros entre densa vegetación inspirados por las huellas de jabalíes y montesas. Este carril lo tenía controlado al haberlo hecho con la burrita un par de veces. A continuación tenemos unos minutos de tregua por carril y pista hasta el collado de Gimeno.

La sierra de las Cabras al fondo y la Molata de los Almendros con su característica grieta

Son las siete de la tarde, el sol está muy bajo y nos queda descender hasta el mismísimo fondo del valle perdiendo unos 400 metros de desnivel. Empezamos a caminar por un viejo carril que lleva a unos bancales de olivos y pasamos por una bifurcación. Una vez me tiré por la derecha y tuve una bajada algo accidentada con mucho matojo y algún embarque que otro. Nos la jugamos por el otro sitio y seguimos lo planeado en casa utilizando las fotos del satélite. Vamos a ver qué tal.

El carril hace una curva cerrada muy amplia y al ver una senda clara nos da el azogue y preferimos atajar. Nos metemos en un terreno escabroso con antiguas paratas cerradas de retamas que nos impiden el paso. Menos mal que no pinchan. Mirando el GPS compruebo que la salida al carril no está lejana y apretamos dientes entre la espesura. Finalmente llegamos a unos prados despejados y, un poco más adelante, enganchamos de nuevo con el carril que muere de repente en un llano del bosque. De ahí parte una senda muy trillada por bicis y motos y que da servicio a la línea eléctrica que serpentea por la dorsal de esta breve cordillera. Ya casi corriendo avistamos el blanco resplandeciente del caserío de Parolís a donde llegamos con las últimas luces.

Nos vuelve a salir el abuelo de la mañana para darnos conversación. Nos pregunta qué tal y nosotros le contamos nuestra peripecia. El buen hombre ni se sorprende. ¿Por qué iba a hacerlo? Posiblemente, cuando él era mozo, hacía esto y mucho más todos los días y sin despeinarse para mantener a raya el ganado. Bajo su mirada atenta nos aseamos en el lavadero y enfilamos camino a Yeste por una carretera bien arreglada. Menos mal que le han metido algo de dinero a este rincón de Castilla La Mancha. En Yeste paro junto a la farmacia, pongo las luces de emergencia y compramos unos bocatas de lomo con tomate en la Casa Marce. Nos los comemos en el coche mientras damos las curvas apretadas del embalse de la Fuensanta. Apenas hablamos. Simplemente se nos saltan las lágrimas de la emoción recordando cada uno de los hitos de la jornada con especial énfasis en éste último: cerveza fresca, pan serrano y lomo de orza. ¡Ponme otro!

fotos

en la sierra de segura




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