Magnífica opción para ascender a las Banderillas por el paso de las Guitarras, un cuele entre farallones y gendarmes de roca que permite remontar desde el mismo nacimiento del Aguasmulas hasta las casetas de la cumbre pasando por lugares emblemáticos como el Puntal de los Blanquizales y el Hoyazo.

ficha

sierra de Segura
mayo de 2015
9 h
41 km (14 a pie, el resto en bici)
1650 m
calor, estable
tramo en bici de aproximación, el resto es un pateo casi todo el tiempo monte a través en el que se precisa intuición y experiencia; posibilidad de embarques y orientación confusa
pincha aquí para ver el croquis
track disponible en wikiloc

Para muchos de los seguidores de esta web es bien conocida la debilidad que tenemos por las Banderillas, esa tremenda montaña que cierra los Campos de Hernán Perea por el oeste y que cae estrepitosamente hacia las riberas del Guadalquivir salvando en muy poco espacio un desnivel de casi 1500 metros entre poyos, cintos, despeñaderos y trancos.

Hemos triscado por casi todos los sitios de esta geografía pero, por fortuna, todavía nos queda mucho por hacer. En esta ocasión probamos el paso de las Guitarras, un topónimo sugerente que encontré por vez primera en el Alpina y que luego confirmé en el clásico libro de Robles Zaragoza. El diseño de esta salida se lo debo a César que publicó un reportaje muy interesante en el foro blanco de Cazorla. También a las andanzas del incansable Luis que también publicó algo sobre este paso en su blog.

Como solo disponemos de un día para hacer la actividad echamos mano de las burras y partimos desde Fuente Segura para aproximarnos a la base de la montaña. La pista hacia los Campos del Espino está en perfecto estado y por ella avanzamos despacio y sin pausa. A media mañana ya hemos cambiado las calas de la bici por las botas de monte y remontamos por el carril hacia los refugios de las Banderillas. Justo donde se dejan los vehículos hacemos una pausa para almorzar con unas excelentes vistas en todas las direcciones. La sierra está muy seca y hace demasiado calor para estar a principios de Mayo. En fin.

Tras reponer fuerzas nos adentramos en la vertiente noroeste de la montaña. Al principio se aprecia la definida traza de un antiguo camino de herradura que también aparece en el IGN y que debe llevar a algún puesto de caza. Nosotros enseguida lo abandonamos para cruzar las curvas de nivel en perpendicular. Nuestro objetivo es alcanzar un primer puntal muy destacado por presentar un raso que bien parece una era. La vegetación es muy abundante pero la vamos sorteando como podemos. En el eje de los barrancos encontramos densas manchas de boj que nos ponen a prueba. Buscamos los túneles que hacen los grandes herbívoros y por ellos nos vamos colando. Finalmente llegamos al primer puntal.

Sin título

Desde aquí hay unas vistas que quitan el hipo. Estamos en el Hoyazo, una cuenca de geometría perfecta que desagua por el barranco de las Charcas con pendientes de vértigo y ejemplares maduros de pino que sostienen las laderas. Ahora queremos alcanzar el Puntal de los Blanquizales que tenemos justo enfrente y del que nos separa un profundo barranco. El color blanco de la roca caliza justifica el topónimo y con algo de esfuerzo nos colocamos en la cocorota del mismo. Desde aquí el recorrido gana vistas hacia la cuenca alta del Aguasmulas que refulge como una cinta plateada en el fondo del valle.

Mis compañeros lo llevan bien y parece que disfrutan pero yo estoy sufriendo de más. Pensaba que esta salida iba a ser más sencilla pero la realidad es que avanzamos muy lentos, probando varias opciones y además el calor nos está machacando. A mí me pesa la presión de que cualquier equivocación, cualquier embarque, cualquier percance nos obligaría a deshacer todo lo avanzado y tener que regresar por arriba con lo que supondría de frontales, medianoches y llamadas de móvil avisando de lo típico: Es que nos hemos liado, se ha hecho tarde, pero estamos bien y ya hemos salido.


Aunque bien mirado, este es el precio que hemos de pagar si queremos vivir un poco de aventura: la incertidumbre, la tensión, el desafío de interpretar la montaña y sus mejores pasos. Por suerte el amigo José Manuel se me une en la cabeza del grupo y juntos vamos desentrañando todos los entuertos. Cuando él prueba por arriba, yo me tiro para abajo. Nos gritamos continuamente y elegimos la mejor opción. En otras ocasiones, él se encarga del plano corto y resuelve los problemas con el boj y las zarzas mientras yo me ocupo del plano largo y marco el rumbo con el brazo estirado.

Sin título

Y así, resolviendo los problemas que la montaña nos va planteando, vamos doblando hacia levante cercados por los precipicios y los cintos y llegamos a las Guitarras, el paso clave de esta actividad, un estrecho collado que se cuela entre agujas de roca inexpugnables y que nos permite ganar buenas vistas de la Piedra del Aguasmulas. Si bien todo el tiempo hemos ido siguiendo trazas difusas de animales, a partir de aquí el rastro está algo más definido. Esto bien puede deberse a que los pasos aquí son obligados al tratarse de cuellos de botella.

Un poco más adelante, anonadados por el fragor y el rugido de las aguas que rebota en las paredes del circo, comprendemos que nos encontramos en uno de los recodos más salvajes e inhóspitos de la Sierra. Muy abajo brilla la casa encalada de Máximo y las huelgas de la Fresnedilla con sus nogales y fresnos. Enfrente, y a la misma altura, la cumbre roma y llana del Castellón de los Toros donde antaño se cultivaba el centeno en la época del hambre. Y arriba el reborde rocoso de los Campos donde tenemos las bicis apalancadas y a donde debemos regresar antes de que el sol se ponga, sol que nos castiga la espalda con fuerza y que ahora ha traspasado el meridión para comenzar a declinar sobre la Peña Corba.

Si bien esta zona última antes de bajar a nivel de río es muy confusa, encontramos algunos hitos que nos van ayudando. De la otra vez que estuve aquí guardé la impresión de que todo se venía abajo, como cuando haces una tapia grande escalando y tienes que llevar cuidado con los guantes cuando te suenas los mocos porque si se te cae alguno, ya no lo vuelves a ver. Pues esta misma sensación es la que tengo a día de hoy. Descendemos entre las manchas de boj, los pinos y canchales de roca fina que nos depositan junto al Aguasmulas donde nos reventamos de agua e incluso nos bañamos.

Una vez refrescados y recuperados les planteo al grupo la situación. Hay tres posibles salidas: 1) bajar a la Fresnedilla y subir por el GR7; 2) subir hacia el nacimiento y luego tomar un rastro que nos saca a la Tiná de las Hoyas y 3) subir hacia el nacimiento y trepar por una canal que nos lleva directos a las bicis. Desecho mentalmente la primera por ser muy larga y con desnivel. En la cabeza tengo la tercera pero aguardo hasta llegar al nacimiento a ver cómo llega el personal. El caso es que al ponernos a la altura de la Piedra del Aguasmulas alguno que otro va muy cascado y, más que un tema físico, veo claro que el personal busca seguridad mental.

Comprendo que ya hemos tensado mucho la goma en este viaje así que elegimos la segunda opción. Cogemos así un rastro tenue que a media ladera y sin apenas ganar metros nos planta en los Horcajillos. De allí a la Tiná de las Hoyas un suspiro y ya por camino muy trillado subimos por el Majal de la Carrasca hacia las bicis. Cuando nos calzamos las calas son las 8 de la tarde, el sol casi toca el reborde de las Villas y apremio al personal para que no se nos haga de noche en la bajada.

En Fuente Segura cerramos el periplo a las 9, justo cuando los últimos rayos de luz tocan las crestas del Mariasnal. Ha sido una jornada dura, exigente y de final incierto: las Banderillas en estado puro.

fotos

en las banderillas