Una de las mayores tensiones cuando se avanza en grupo corresponde a quienes no pueden seguir el ritmo de los que van en cabeza. Esto es muy evidente cuando el grupo es muy numeroso de modo que aumentan las posibilidades de que se den amplias diferencias en las velocidades y los gustos de cada caminante.

En la montaña, si me lo puedo permitir, siempre he sido un rezagado por vocación. Incluso cuando salgo con Moss dejo que me adelante y que me marque el paso. Me encanta quedarme con los menos fuertes, conversar, caminar sin muchos alborotos y aprovechar el trabajo de quienes van delante abriendo camino. (Por favor, no me tachéis de gandul ni vago. Demasiadas veces he hecho de guía y he marchado en cabeza, pero es un rol que acepto en pequeñas dosis.)

En realidad, el ser uno de los rezagados tiene más ventajas de lo que puede parecer en primera instancia. Yo, sobre todo, le encuentro provecho para hacer fotografías que, yendo de primero, resultan impensables — porque no puedes anticiparlas — e imposibles — porque casi siempre el que llevas detrás te azuza y, además, tu punto de vista no suele ser el adecuado.

Rezagados en el Dolpo

En esta ocasión el escenario son las montañas del Alto Dolpo, una remota región del Himalaya del Nepal a la que se accede después de muchos días de caminata. No es un trekking usual éste: requiere de una complicada logística y además no existe la posibilidad de alojarse en poblados ni lodges, por lo que la caravana debe ser autónoma en todos los sentidos. La prueba de lo que estoy comentando es que apenas se repite y que muchas de las aldeas que se visitan no están contaminadas por el continuo paso de occidentales.

En las etapas más próximas al Tíbet, la montaña es alomada, suave y sin apenas vegetación. En una de las profundas vaguadas que atravesamos por la mañana me quedé muy rezagado porque quería enviar un fax con la tranquilidad que requieren estas acciones tan personales y delicadas. Después del éxito en la operación salí escopeteado para enlazar con la cola del grupo y me la encontré en la ladera de enfrente.

La distancia era grande y tuve que tirar de bastante zoom para acercarme. Había muy poca luz porque estaba nublado — así se pasó gran parte del trekking — por lo que tuve que esperar a que me bajara algo el pulso para mantener la definición con un foco largo. Precisamente, por este motivo, la ladera de tonos grises oscuros y negros parece completamente vertical: porque la estoy captando de frente y con tele. (En realidad, era bastante inclinada, pero no tanto.)

Finalmente, la foto gana bastante interés por esos puntos aislados de vegetación que salpican aquí y allá con atractivos tonos verdosos y ocres. Por suerte, los sujetos llevan ropas cálidas que compensan la frialdad de la imagen y, además, al caminar suficientemente separados, definen perfectamente la línea tenue y casi imaginaria del camino que asciende en diagonal a izquierdas.

Y ahora sigo, a ver si los pillo.

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