Hace siete años hicimos un viaje en bici atravesando Marruecos en diagonal y siguiendo el espinazo del Alto Atlas. Tengo muy buenos recuerdos de esas dos semanas que empleamos en recorrer parte de un país que está aquí al lado pero que es completamente diferente a lo que estamos acostumbrados. Cabe distinguir entre el Marruecos de las grandes ciudades como Marrakech, Rabat, Casablanca o Tánger y el Marruecos montañoso, interior, aislado, casi neolítico, que permanece ajeno al devenir de los tiempos y que, ocasionalmente, recibe la visita de algunos locos de las dos ruedas y, también, de los fanáticos del motor.

Nuestro periplo discurría por las montañas donde es mayoritaria la etnia beréber1. Tradicionalmente los pertenecientes a este pueblo han sido marginados por los árabes que los expulsaron de las vegas y valles fértiles y se vieron forzados a ganarse la vida en la ruda cordillera del Atlas. Son gente sencilla que subsiste con ganadería extensiva, una agricultura de consumo propio y una sabiduría ancestral que les permite vivir con dignidad en unas condiciones climáticas extremas: desde el frío glacial del invierno a 3.000 metros hasta la canícula de los meses de verano por la proximidad del Sahara.

Niñas beréberes en una escuela del Alto Atlas

Uno de los días pasamos cerca de una escuela y Juan Francisco Cerezo, nuestro compañero y guía, conocía al maestro. Llevábamos mucho material escolar guardado para repartir entre los niños y nos adentramos en el aula. Allí estaban todos — y todas — con los ojos como platos, viéndonos entrar vestidos con los maillots chillones de ciclista y las manos con bolsas de plástico repletas de cuadernos, colores, gomas de borrar y lapiceros. Fue una escena conmovedora repartir todo el material entre los zagales que permanecían formalmente sentados mientras nosotros íbamos pasando por los pasillos entre las mesas.

No tenía muy claro si debía sacar la cámara en esta situación pero me animé a hacerlo y tomé muchas instantáneas. En ningún momento se sintieron intimidados por el objetivo así que poco a poco fui comiéndoles la distancia y me atreví incluso a tomar retratos muy próximos. De todos ellos le tengo especial cariño a este que os estoy presentando. Me encantan las tres niñas — guapísimas por cierto — porque cada uno de sus rostros me dice algo diferente, desde el entusiasmo contenido de la que está en primer plano en el foco, hasta la sobriedad de la segunda, para terminar con la distraída curiosidad de la tercera que se asoma sin perder la posición sobre la silla.

A fin de cuentas, me gustaría pensar que la mirada inquieta, encendida e ilusionada de la niña — que ya es mujer — todavía sigue viva como en la foto.

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